PROFESOR DE ESCUELA PUBLICA EN EL ESTADO DE HIDALGO facebook: Esteban Alfaro Alarcón facebook.com/esteban.alfaroalarcon … Twitter: @alfaroesteban_ https://twitter.com/alfaroesteban_ Instagram: alfaroesteban_2
lunes, 1 de octubre de 2018
Apresto
El apresto –en términos educativos, a la escritura, por ejemplo- es una preparación o predisposición para que los y las niños (as) cuenten con habilidades y destrezas básicas – por ejemplo de motricidad fina y gruesa- que les faciliten el proceso de aprendizaje en etapas más complejas y exigentes posteriores. El apresto es un proceso lento y delicado que se desarrolla en la edad preescolar, el cual debe contar con una secuencia programada de ejercicios cíclicos que buscan la perfección de una habilidad o destreza. En las instituciones educativas el apresto es un programa que ha sido establecido para ayudar a los y las niños(as) a hacer la transición desde el hogar o desde un establecimiento preescolar a la escuela primaria, y que se ofrece usualmente como una vía para asegurar que el niño o niña esté listo para la escuela a partir de circunstancias difíciles. Finalmente, apresto también puede interpretarse como un período variable de tiempo en el que, de acuerdo con un previo diagnóstico de cada niño o niña, el educador trabaja de manera individual y grupal para garantizar el mismo o semejante nivel de preparación en todos los infantes antes de iniciar el programa oficial.
Aprendizaje significativo
Aprendizaje significativo
El aprendizaje significativo o relevante es aquel que el estudiante ha logrado interiorizar y retener luego de haber encontrado un sentido teórico o una aplicación real para su vida; este tipo de aprendizaje va más allá de la memorización, ingresando al campo de la comprensión, aplicación, síntesis y evaluación. Dicho de otra forma, el aprendizaje debe tener un significado real y útil para el estudiante, soslayando la visión de aprender por el simple hecho de hacerlo.
Aprendizaje cooperativo
Aprendizaje cooperativo
El aprendizaje es un proceso que no ocurre en solitario, sino por el contrario, la actividad auto estructurante del sujeto está mediada por la influencia de otros, por ello el aprendizaje, es en realidad, una actividad de reconstrucción de los saberes de una cultura. En el caso de los aprendizajes que se producen en el ámbito escolar, la posibilidad de enriquecer los conocimientos, de ampliar perspectivas y del desarrollo personal del estudiante, está determinada por la comunicación y el contacto interpersonal con los docentes y los compañeros de grupo. El docente debe tener clara la importancia de las interrelaciones que establece el estudiante con las personas que le rodean, por lo cual no puede dejarse fuera de análisis la influencia educativa que ejerce el docente y los compañeros de clase.
“La enseñanza puede ser descrita como un proceso continuo de negociación de significados, de establecimiento de contextos mentales compartidos, fruto y plataforma a la vez de este proceso de negociación” (Coll y Solé, 1990). Sin dejar de reconocer la importancia que la enseñanza individualizada tiene para permitir a cada estudiante trabajar con independencia y a su propio ritmo, también es importante promover la colaboración y el trabajo grupal. Se ha comprobado que los estudiantes aprenden más, les agrada más la escuela, establecen mejores relaciones con los demás, aumentan su autoestima y aprenden habilidades sociales más efectivas cuando trabajan en grupos cooperativos, que al hacerlo de manera individual y competitiva.
Anarquismo educativo
Anarquismo educativo
Las corrientes críticas de izquierda han desafiado constantemente el rol de las instituciones del Estado y sus representaciones; concretamente, el rol de la patronal, la policía, la inteligencia, los Ministerios, las fuerzas armadas, etc., todos han sido catalogados como parte de una estructura jerárquica que existe para mantener un dominio alienante; no obstante, es relativamente extraño que esta ala inconformista cuestione el rol del sistema educativo; la mayoría de activistas de izquierda cree que la educación es buena, y siguiendo las palabras del comisionado estadounidense Henry Barnard “la educación siempre lleva a la libertad”. El mito de que toda educación es sacra ha conducido a la aceptación de las calificaciones educacionales como la medida del valor social aceptable, y como base para privilegios sociales; aún cuando estas credenciales están diáfanamente distribuidas, de acuerdo a las divisiones de las clases sociales existentes. Sin embargo, desde que han existido sistemas de educación estatales, también han existido diversas oposiciones a tales estructuras; el pionero de la crítica fue William Godwin, quien en 1793 escribió “Un estudio concerniente a la justicia política”, ensayo considerado como el primer ataque anarquista moderno al aparato estatal. Godwin tenía sobre sus hombros las experiencias de la Revolución Francesa (1789) y la emancipación norteamericana (1776), por lo que los aparatos institucionales de gobierno para él pesaban poco; de hecho, él creía que existían dos fuerzas opresoras en la sociedad: la educación y el gobierno; también estaba convencido de que una sociedad justa sólo podría ser el resultado de que toda la gente ejerciera libremente su razón. Es también en esta época, cuando se comienzan a gestar las primeras alternativas educativas al Estado; la “Escuela Moderna” fue fundada en 1901 por Francisco Ferrer; en 1909 fue acusado por el gobierno español de dirigir una insurrección y por esta falsa calumnia fue ejecutado; sus ideas inspiraron un movimiento progresista de escuelas modernas en Estados Unidos que existió hasta los años 60. Recurriendo a las teorías de Godwin, Ferrer escribió acerca del apoyo del gobierno a la educación nacional: “ellos saben mejor que nadie que su poder se basa casi exclusivamente en la escuela”; para Ferrer era inconcebible que el gobierno fuese a crear un sistema de educación que condujese a cambios radicales en la sociedad; era, por tanto, poco realista creer que las escuelas apoyadas por el Estado pudiesen funcionar como un modelo para ayudar a las clases bajas; más bien, la educación enseñaba a los pobres a aceptar la estructura social existente, y que el desarrollo dependía del esfuerzo individual dentro de dicha estructura social. Esto se ilustra con la Alemania Nazi, cuando las escuelas se utilizaban para propagar la ideología, el nacionalismo y la glorificación del Reich; el entrenamiento obligatorio en biología racial comenzaba a los seis años de edad, y había un fuerte énfasis en la historia y literatura alemana. Más adelante, el famoso exponente inglés de las escuelas libres A.S. Nelly, escribió en 1939 en “El maestro problemático”: “las escuelas del Estado deben producir una mentalidad de esclavos, porque sólo una mentalidad de esclavos puede evitar que el sistema sea destruido”; también definió a las escuelas como productos de un interés directo de clase. Estas ideas son profundizadas en los sesenta por Paul Goodman; y más recientemente, en el escenario complejo y heterogéneo de los setenta surge Ivan Illich, quien sostenía que la escuela prepara a un consumidor experto, tomando responsabilidad por la totalidad del niño; a partir de estas ideas tomó fuerza el concepto de “desescolarización”; Paulo Freire bautizó al sistema tradicional de escuelas como “método bancario”, de donde se deduce que el estudiante es el depositario del conocimiento, más que el sujeto del proceso de aprendizaje. Los reformadores en Estados Unidos hicieron un intento de resolver el problema de clase, pensaron que ubicando en las mismas escuelas a niños pobres y ricos estas divisiones se erradicarían; no obstante, no tomaron en cuenta los trasfondos culturales, ésto condujo a la introducción de métodos con los que estamos familiarizados hoy; las necesidades del individuo son atendidas por medio de “streaming”, entrenamiento vocacional y educación especial. De hecho, en los años 40 un grupo de sociólogos norteamericanos encontraron dos elementos importantes sobre la relación escuela-clase: primero, existe una clara correlación entre la clase social y el rendimiento; segundo, cuando los niños eran separados por su habilidad, por medio de pruebas estandarizadas, los grupos encajaban con las clases sociales y razas existentes. El fracaso escolar, pautado por múltiples condicionates –nutrición, trabajo, problemas familiares, etc.- reforzaba la jerarquía social, y de hecho se les hacía creer a los pobres que habían desaprovechado las oportunidades y por eso fallaron; y este fracaso escolar agudizaba la sumisión, la apatía y el atraso social. Varios pensadores durante los siglos XIX y XX discutieron la cuestión de la diferencia entre la educación y el aprendizaje, y la relación entre la educación estatal y la revolución social; todos ellos seguían el principio de que la libertad política significa poco si las acciones del individuo están guiadas por una autoridad internalizada –implantada en la escuela- de la cual no hay escape, por ejemplo, Rousseau en El Emilio, afirma que si la instrucción moral es impartida a una edad temprana domina la acción, en lugar de estar disponible para ser utilizada por el individuo; inclusive Rousseau sostenía que los libros eran una verdadera plaga de la infancia; a los niños no se les debía enseñar a leer, sino que debían aprender a leer por medio de la experiencia y la nacesidad. De esto se deduce, que el aprendizaje y el conocimiento son herramientas para que el individuo las utilice, y no para utilizar al individuo. El pensador anarquista del siglo XIX, Max Stirner, tenía ideas similares a las planteadas anteriormente por Rousseau, su libro “El individuo y su propiedad” es sumamente revolucionario, en él hacía un llamado por “una educación para la libertad, no para la servidumbre”, y sostenía que había significativas diferencias entre la persona educada y la persona libre. En este contexto, Paulo Freire aportó una tesis innovadora, cuando combinó los métodos pedagógicos con el concepto marxista de conciencia; en primer lugar, reconoció que vivimos en un mundo deshumanizado, sin entendimiento de las circunstancias históricas que determinan nuestra conciencia; al respecto, Freire dice: “…una revolución no se realiza ni con verbalismos, ni con activismo, sino más bien con la praxis, por ejemplo con reflexión y acción dirigida a las estructuras a ser transformadas”. Con estos antecedentes, el lector podrá tener una genérica idea de los movimientos de escuelas libres, escuelas modernas, o bien de las corrientes educativas anarquistas o desescolarizadas; estos modelos fueron un ejercicio invaluable, pero fracasaron en ejercer un cambio explícito en la estructura general de la sociedad y se puede argumentar que puede acabar creando niños que sean incapaces de entender el mundo fuera de su oasis educativo.
Analfabetismo funcional o tecnológico
Analfabetismo funcional o tecnológico
El analfabetismo funcional es una nueva modalidad de analfabetismo que trasciende a las necesidades básicas de saber leer y escribir; algunos autores señalan que el analfabetismo funcional está compuesto por el analfabetismo informático (carencias de habilidades para el uso de la computadora) y el idiomático (carencia del idioma que se universaliza en la red, el inglés); pero ésta es una versión restringida. La sociedad agraria se regía por un tipo de costumbres y requería unos aprendizajes que los mismos padres transmitían a los hijos, y cuya complejidad se veía solucionada con el trabajo diario en los quehaceres rurales. La sociedad industrial comportó, además, unos aprendizajes mucho más estructurados con la finalidad de introducir a los empleados en el trabajo en red que se llevaba a cabo. Era la misma industria en el propio espacio laboral la que ofrecía esa formación, aunque reducida a aquello para lo que el trabajador era preciso en su laboralidad concreta2. Por otro lado, la sociedad de la información ha acelerado estos cambios de tal manera que un anciano muy habilidoso y capaz en la sociedad industrial, se ve hoy inhábil para realizar algunas gestiones en la sociedad informatizada. Sacar una entrada para el teatro puede suponer un problema para quien no se maneje con los 'botones' de un cajero automático, y pedir al nieto que haga ciertas operaciones de este tipo es un gesto muy habitual. Así pues, para que las nuevas tecnologías no acaben siendo una nueva forma de exclusión social habrá que alfabetizarce tecnológicamente hablando, habrá que paliar el analfabetismo funcional desde la educación, ya sea con las personas mayores, ya sea desde la infancia introduciendo a los niños y niñas en este manejo de tecnologías novedosas. Las tecnologías no sólo modelan la sociedad y sus componentes. Se trata de un proceso de feed-back en el que también la novedad tecnológica puede ir adaptándose a sus usuarios. La tecnología está al servicio de las personas. Es por ello que la educación cada vez más va incorporando los diferentes colectivos sociales a su uso y adaptación. Proyectos como el trabajo contra la exclusión social en barrios marginales, abriendo las puertas de aulas informáticas en centros cívicos, permiten esa adaptación bipolar evitando el analfabetismo funcional. Este nuevo tipo de analfabetismo no distingue sexos, cargos o cuentas corrientes. Seguramente, ésta es su particularidad más llamativa pues, hasta hace bien poco, pobreza y analfabetismo se encontraban en relación de causa-efecto y, sobre todo, formaban un círculo vicioso del que era difícil salir. Sin embargo, las causas del nuevo tipo de analfabetismo pueden ser muy diversas y, al no ser tan evidentes ni tan conocidas como las del modelo clásico, pueden pasar desapercibidas tanto a los individuos como a las empresas e instituciones. Otra característica del analfabetismo funcional o tecnológico, muy relacionada con la anterior, es su retroactividad. Es decir, quien no es un analfabeto tecnológico hoy puede serlo mañana. Esto se hace evidente, además, en dos vertientes distintas: el analfabetismo funcional o tecnológico puede permanecer en estado latente durante años, sin causar el mínimo problema, y, de pronto, surgir a la hora de un cambio en el entorno. Este sería el caso sufrido por miles de directivos de nivel medio a la hora de afrontar una renovación tecnológica en sus empresas. De la noche a la mañana, es necesario disponer de una serie de conocimientos que, en algunos casos, escapan a las posibilidades de muchos por motivos diversos. La tecnología puede evolucionar más rápido de lo que muchos somos capaces de asimilar, lo que tiene como resultado a medio o largo plazo un desfase cercano al analfabetismo tecnológico. No hemos de confundir este rasgo distintivo con una situación habitual en el mundo laboral como es el desconocimiento de tecnologías determinadas, pues todos tenemos que aprender cosas nuevas en ocasiones como, por ejemplo, al cambiar de trabajo. El analfabetismo tecnológico es un problema de base y de costosa solución, mientras que el simple desconocimiento es concreto y fácil de resolver. Al mismo tiempo, el analfabetismo tecnológico está muy ligado a la incomprensión de las nuevas tecnologías y de sus ventajas, no a la ignorancia de una de sus partes. Asimismo, al igual que ocurre con el analfabetismo clásico, el tecnológico es autoincremental, pues el desconocimiento de lo más básico impide la comprensión de las características más avanzadas o más modernas. Las consecuencias de este nuevo fenómeno son muy variadas y, en realidad, la mayoría de ellas aún está por llegar. Desde dificultades para encontrar un empleo, hasta problemas para desenvolverse en la vida diaria. A medida que las nuevas tecnologías de la información se incorporen a nuestra forma de vida, el hueco existente entre los que saben aprovecharlas y los que no se irá ensanchando al mismo ritmo. De momento, el analfabetismo funcional o tecnológico se manifiesta únicamente en circunstancias concretas y relativamente aisladas: recién licenciados que no consiguen su primer empleo por no saber usar un ordenador, directivos que ven peligrar su carrera por no saber aplicar las nuevas tecnologías a su negocio y cualquiera cuya calidad de vida pudiera mejorar en caso de sacarle mejor partido a las nuevas tendencias. Sin embargo, en un futuro no muy lejano, el analfabetismo tecnológico puede convertirse en un factor de mayor alcance y que, por ejemplo, ocasione importantes diferencias entre países o regiones. ¿Quién sabe si a la vuelta de unos pocos años la tasa de alfabetización tecnológica será para los economistas un indicador de riqueza tan válido como lo es hoy la tasa de alfabetización clásica?.
Analfabetismo
Analfabetismo Se ntiende por "analfabetismo absoluto" la persona que no sabe leer y escribir, y por "analfabetismo funcional" aquella persona que sabiendo leer no es capaz de comprender lo que lee. Existen dos parámetros para medir el analfabetismo: a partir de los 10 años (recomendado por la UNESCO) o a partir de los 15 años de edad (potencialmente puede formar parte de la fuerza de trabajo). El propósito de hacerlo así es considerando que hasta esas edades la persona todavía tiene oportunidad de aprender a leer y escribir en las escuelas de educación formal. Desde esta perspectiva, el analfabetismo –como problema social crítico- se analiza por: grupos erarios, grupos étnicos, sexo, región y zonas. El analfabetismo en Latinoamérica está altamente relacionado con la presencia de poblaciones indígenas (Guatemala, Bolivia, Perú, Ecuador, México) o con zonas rurales explotadas (como el nordeste brasileño). En México el analfabetismo es muy alto entre los migrantes —la población llamada golondrina y que trabaja en el campo, la cual se calcula en 700.000 personas. El analfabetismo también es alto en la población semi-proletaria que trabaja por temporada en el campo en los EE.UU. —estimada en 5 millones de personas.
Estos bajos niveles de alfabetización en la región reflejan poca atención a las necesidades lingüísticas, culturales y económicas de estos grupos. Frente al analfabetismo es necesario desarrollar estrategias de alfabetización creativas y efectivas, particularmente se utilizan medios de comunicación social, círculos de estudio comunitarios, métodos dialógicos y de concientización, entre otros.
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